"Ya te vas a acostumbrar" es lo que me repito casi a diario.
Llegué a Paris el 25 de septiembre, después de casi un día de vuelo, mi primer vuelo que fue menos dramático de lo que esperaba. El hecho de pasarlo con otra asistente lo volvió relajado y divertido. Una vez en el aeropuerto tuvimos que separarnos y ahí empezó la aventura real: mi valija estaba rota, tuve que reclamarla, haciendo malabares llegué al hostel y pude relajarme, salir a caminar, empaparme del lugar donde siempre había querido estar. El segundo día no podía irse sin que viera la torre; ahí pude caer un poco en donde estaba, en la locura de hacer realidad mi sueño pero como todas las emociones extremas llegan y se ven reemplazadas rápidamente por su equivalente opuesto; me encontré llorando desconsolada por estar sola y haber tomado una mala decisión.
Lo que voy aprendiendo es que en estos momentos no hay tiempo para detenerse a sentirse mal, por el contrario hay que correr, hay trenes que tomar, hay citas programadas, un nuevo destino me esperaba. Rochefort, la ciudad donde me asignaron me recibió con su silencio y su calma característicos.
Creería que ya pasé por todos los estados de ánimo posibles: lloré como loca, como nunca lloré en mi vida, me enojé por no estar cómoda, me odié por haber decidido venir, me calmé resolviendo los problemas puntuales, me contenté de no sentirme tan sola y de saber que otros estaban en mi misma situación. Pude encontrar actividades que me hacen muy feliz, pasear por el río, ir conociendo ciudades cercanas que son una maravilla llenas de paisajes impensados, sacados de películas para mi cabeza; comer! comer las delicias de pastelería con las que se me hacía agua la boca en clase de estudios sociales. Estoy de verdad en Francia, estoy viviendo donde siempre quise vivir, estoy haciendo realidad el desafío más grande que me propuse jamás.
Sigo pensando que es más difícil de lo que imaginaba, que quizás no lleguen a entenderlo quienes no lo vivieron y trato de darme un respiro cada vez que me dan ganas de patear el tablero. Voy entendiendo que mi cuerpo se está acostumbrando a otros horarios de vida, a otra cultura, a no escuchar mi lengua casi nunca, a estar lejos de mis amistades y no poder decir "en media hora nos tomamos una birra", es sentirse un poco desplazada de sus vidas, a tener que lavar la ropa a mano y colgarla en una soga de 20 centímetros adentro de un baño en el que apenas entro yo, a estar escribiendo esto desde un teclado francés que tiene todo dado vuelta mientras veo en la tele un progama aburridísimo y a minutos de poner a hervir agua para lo fideos de siempre. Es tiempo y son ganas de querer hacer de esto la experiencia de mi vida o dejar que me gane la melancolía.
Conmigo no van a poder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario