viernes, 12 de mayo de 2017

La zone de confort

 De muy chica me gustaba creerme solitaria, de esas que tienen un grupo de amiguitas muy reducido, que no se llevan con los demás fácilmente y en parte era verdad, no me sentía cómoda haciendo nuevos amigos, siempre me vi como "el bicho raro" que no iba a encajar. ¿Cómo iba a saber si encajaba si no lo intentaba? Me fui armando mi zona de confort muy pequeñita.
 Con la llegada de la adolescencia eso fue cambiando de a poco, me vi envuelta en otros grupos, con otras personas y me empecé a sentir cómoda dándome a conocer tal cual era, para mi sorpresa le agradaba a los demás. Fui ampliando mi grupo de amistades, algunas permanecen hasta la fecha.
 Conforme pasa el tiempo te das cuenta que ser solitario no es una virtud sino un arma de defensa. Para mi darme a conocer implicaba que pudieran juzgar, opinar, entrar, ver, tocar, dejar su huella y eventualmente quizás irse dejando un hueco, me aterraba esa idea.
 Hace algunos años mis círculos fueron ampliándose por diferentes motivos y descubrí que me sentía cómoda en la dinámica de "conocer gente nueva", me vi desenvolviéndome sin problemas en escenarios diversos sabiendo que si bien por momentos me siento "el bicho raro", la "bohemia", la "idealista", está lleno de bichos raros por ahí.
 Todo esto viene a mi mente porque me encuentro en el momento más fuera de mi zona de confort posible, en pocos meses me voy a vivir a otro país sola, con todo lo que eso conlleva y sólo puedo pensar en la enorme cantidad de personas que voy a dejar entrar en mi vida, en los tantos lugares donde voy a tener que estar sola y viendo qué hacer y me encanta la idea. Sin ir más lejos hoy chatee con una chica de Buenos Aires que busqué por ese viaje, si me invitan a comer a casas de amigos de amigos voy y charlo de todo con todos, a fin de año me invitaron de rompe y raje a una graduación donde conocía a dos personas y fui sin dudarlo, en todos los casos termino disfrutando momentos con gente desconocida.
 Consejito: salí de esa comodidad absurda que no te permite darte a conocer, al fin y al cabo la vida es la suma de experiencias, no te prives de vivirlas.

jueves, 11 de mayo de 2017

Libérer

 La palabra de moda de estos tiempos es "soltar", la gente se la tatúa, se suben fotos en alusión a dicha acción, se dan consejos utilizándola sin restricción alguna. Como es de esperarse vengo a esta especie de lugar sagrado a contar mi versión, en este caso mi vivencia con la tan anhelada "soltar".
 Por empezar nunca me gustaron las modas, me saben impuestas, forzadas, esta no sería la excepción.
 Nadie te dice lo que yo voy a decirles, soltar duele y no hablo del dolor de la aguja con tinta penetrando la piel para dejar la bella marca de ese tan simbólico tatuaje, duele como si todo el cuerpo de golpe se enfermara, como si todas tus funciones redujeran su gasto energético para que aquellas que son vitales reciban la prioridad. No se puede soltar de verdad sin atravesar el duelodolor (debería llamarse así) y lo más difícil es que en realidad nunca tenes la certeza de haberlo logrado hasta que las causalidades te ponen en el lugar de enfrentarte a eso que "soltaste", sólo así podrás medir cuánto dejaste atrás y cuánto dejas que te persiga a donde vayas.
 Vuelvo a remarcar cuánto duele, sí, es necesario, duele hasta la última fibra, hasta el último recuerdo vivo que se te cuela mientras estás trabajando como si nada, hasta la última lágrima si es que te quedan y duele así tan visceral porque al soltar no nos damos cuenta que lo que hacemos no es más que matar una ilusión, el último ápice de esperanza de volver a ese lugar de confort que tantas veces nos recibió sin preguntar por qué no avanzábamos. En esta última frase está la clave de poder hacerlo, sólo llegamos a soltar si nuestra mente vislumbra que es necesario en función de AVANZAR.
 En conclusión, soltar te va a romper para que puedas juntar los pedazos que aún sirven y armes algo nuevo cargado de ilusiones desconocidas.