La palabra de moda de estos tiempos es "soltar", la gente se la tatúa, se suben fotos en alusión a dicha acción, se dan consejos utilizándola sin restricción alguna. Como es de esperarse vengo a esta especie de lugar sagrado a contar mi versión, en este caso mi vivencia con la tan anhelada "soltar".
Por empezar nunca me gustaron las modas, me saben impuestas, forzadas, esta no sería la excepción.
Nadie te dice lo que yo voy a decirles, soltar duele y no hablo del dolor de la aguja con tinta penetrando la piel para dejar la bella marca de ese tan simbólico tatuaje, duele como si todo el cuerpo de golpe se enfermara, como si todas tus funciones redujeran su gasto energético para que aquellas que son vitales reciban la prioridad. No se puede soltar de verdad sin atravesar el duelodolor (debería llamarse así) y lo más difícil es que en realidad nunca tenes la certeza de haberlo logrado hasta que las causalidades te ponen en el lugar de enfrentarte a eso que "soltaste", sólo así podrás medir cuánto dejaste atrás y cuánto dejas que te persiga a donde vayas.
Vuelvo a remarcar cuánto duele, sí, es necesario, duele hasta la última fibra, hasta el último recuerdo vivo que se te cuela mientras estás trabajando como si nada, hasta la última lágrima si es que te quedan y duele así tan visceral porque al soltar no nos damos cuenta que lo que hacemos no es más que matar una ilusión, el último ápice de esperanza de volver a ese lugar de confort que tantas veces nos recibió sin preguntar por qué no avanzábamos. En esta última frase está la clave de poder hacerlo, sólo llegamos a soltar si nuestra mente vislumbra que es necesario en función de AVANZAR.
En conclusión, soltar te va a romper para que puedas juntar los pedazos que aún sirven y armes algo nuevo cargado de ilusiones desconocidas.
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